En Europa hablamos mucho de soberanía digital, de autonomía estratègica, de sobirania de los datos. Se han creado departamentos, estrategias y hasta legislación bajo esa etiqueta. Pero, con franqueza: ¿estamos mirando la luna o sólo el dedo que la señala?
Hemos perdido demasiado tiempo discutiendo de digitalización sin afrontar los verdaderos retos estructurales. Nos hemos quedado en la interfaz, en el trámite electrónico, en los portales, en el dato. Y mientras tanto, la infraestructura real, la que determina el poder digital global, sigue firmemente controlada desde fuera de Europa.
El problema no es tanto quién accede a los datos o qué hace con ellos —que también— sino quién controla las herramientas con las que los almacenamos, procesamos y analizamos. El corazón de nuestra soberanía tecnológica no son solamente los datos en sí, sino las plataformas que les dan vida. Y ahí es donde Europa está peligrosamente expuesta.
De las diez principales empresas proveedoras de bases de datos en el mundo, nueve son estadounidenses: Oracle, Microsoft, Amazon Web Services, Google Cloud, IBM, Snowflake, MongoDB, Redis y Couchbase. Solo SAP, de origen alemán, representa una excepción europea. Y si analizamos el dominio en servicios en la nube, la situación es aún más dramática.
¿Y si mañana una orden presidencial de Estados Unidos —como las que ya hemos visto— obligara a estas compañías a cortar el servicio a Europa o a limitar su funcionalidad? Parece ciencia ficción, pero hemos aprendido que lo impensable puede ocurrir. Lo vimos con la guerra comercial con China, con el bloqueo a Huawei, con la cancelación de contratos a plataformas enteras, con decisiones unilaterales sobre TikTok, semiconductores, o incluso sanciones a aliados.
Hoy, decisiones que hace cinco años parecían inconcebibles se están tomando sin temblar el pulso. Entonces, ¿por qué nos resistimos a prepararnos para un escenario que podría sumir a Europa en el caos sin disparar una sola bala?
La interrupción súbita de servicios de bases de datos no solo afectaría a gobiernos y administraciones públicas. Colapsarían bancos, hospitales, infraestructuras críticas, sistemas logísticos, empresas industriales, universidades, medios de comunicación y cualquier organización que base su operativa en datos —es decir, todas.
La dependencia tecnológica actual es el talón de Aquiles de nuestra economía digital. Y no basta con regular el uso de los datos: necesitamos controlar las infraestructuras que los soportan. No hablamos de cerrar fronteras tecnológicas, sino de garantizar redundancia, resiliencia y capacidad autónoma de respuesta.
Es hora de pasar del discurso a la acción. De crear alternativas propias, de fomentar un ecosistema europeo robusto de tecnologías críticas, y de establecer alianzas estratégicas con países que compartan nuestra visión democrática de la tecnología.
Porque si no lo hacemos ahora, cuando llegue la próxima crisis —que llegará— ya será demasiado tarde.
Sergi Marcén. Experto en Transformación Digital y Políticas Públicas Digitales.



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