En la segunda mitad del siglo XX, Europa hizo lo impensable. En un acto de valentía política y ambición estratégica, los principales países del continente —Francia, Alemania, Reino Unido y España— decidieron unirse para desafiar a los gigantes de la aviación civil estadounidense: Boeing, McDonnell Douglas y Lockheed. Así nació Airbus, no como una simple empresa aeronáutica, sino como una respuesta continental a una hegemonía tecnológica y económica que amenazaba con reducir a Europa a un papel secundario en la historia del progreso industrial.
Hoy, medio siglo después, Europa se encuentra en una encrucijada similar, pero mucho más decisiva. La carrera por la inteligencia artificial, la computación cuántica, las biotecnologías, los chips y los sistemas autónomos no es solo una disputa tecnológica: es la base sobre la que se construirá o se derrumbará nuestra sociedad del bienestar.
Y es aquí donde se impone una pregunta urgente: ¿Dónde está la DARPA europea?
La Defense Advanced Research Projects Agency (DARPA) fue creada en 1958, tras el impacto estratégico y psicológico que supuso el lanzamiento del Sputnik por parte de la Unión Soviética. Fue la primera gran derrota del excepcionalismo americano en plena Guerra Fría. La respuesta de Estados Unidos no fue únicamente aumentar su gasto militar: fue crear una institución radicalmente innovadora para garantizar que ningún avance científico volviera a tomarles por sorpresa.
Desde entonces, DARPA ha sido la incubadora de las tecnologías que definen el mundo actual: la red ARPANET (antecesora de Internet), el GPS, los drones militares, los asistentes virtuales, los sistemas de navegación autónoma… Pero su verdadero secreto no ha sido solo su capacidad técnica, sino su modelo institucional: proyectos con visión audaz, liderados por científicos y gestores con libertad, financiación ágil, objetivos de alto riesgo y un ecosistema colaborativo que une defensa, ciencia, empresa y sociedad civil.
DARPA no solo sirvió para proteger a Estados Unidos, sino para consolidar su hegemonía económica y cultural. El dominio digital actual de Silicon Valley y las Big Tech hunde sus raíces en las inversiones estratégicas de DARPA durante los años 60, 70 y 80.
Hoy, Europa vive un nuevo momento Sputnik. La guerra en Ucrania ha pulverizado los tabúes sobre el gasto en defensa. Países como Alemania, tradicionalmente reacios al rearme, han declarado una Zeitenwende —un giro de época— y han aprobado presupuestos históricos en seguridad. Francia reafirma su doctrina de autonomía estratégica. Y la Comisión Europea habla, por primera vez en su historia, de la necesidad de una industria de defensa europea sólida.
Pero el campo de batalla ya no es solo físico. La guerra del siglo XXI es también digital, algorítmica, cibernética, energética y cognitiva. La defensa de Europa no puede limitarse a tanques y cazas; necesita sistemas de decisión autónomos, inteligencia artificial soberana, satélites propios, redes cuánticas seguras, plataformas tecnológicas europeas. Y eso no se construye comprando tecnología extranjera: se construye invirtiendo en innovación estratégica propia.
La creación de una DARPA europea sería para la transformación digital lo que Airbus fue para la aviación civil: una declaración de soberanía, una apuesta por el conocimiento como base del poder, y una inversión a largo plazo en la libertad de nuestras democracias.
Esta agencia no debe ser una réplica burocrática ni un organismo más de la Unión. Debe ser una estructura ligera, autónoma, tecnocrática, y orientada a resultados, capaz de contratar a los mejores talentos, asumir riesgos, fracasar sin miedo y acertar de forma disruptiva. Su misión no será solo militar, sino estratégica: garantizar que Europa no depende de terceros para las tecnologías críticas que sostendrán su modelo económico, su autonomía política y su pacto social.
Porque sin soberanía tecnológica, no hay soberanía política y por lo tanto democracia. Y sin soberanía política, no hay manera de preservar un modelo europeo basado en el Estado del bienestar, la cohesión social, los derechos laborales y el respeto a las libertades.
La historia nos muestra que Europa es capaz de grandes gestas cuando comprende que está en juego su supervivencia. Lo fue con Airbus. Lo fue con la creación del euro. Y debe serlo ahora, con la inteligencia artificial, la defensa digital y la soberanía tecnológica.
No se trata de imitar a DARPA, sino de crear una versión europea adaptada a nuestras fortalezas: diversidad científica, espíritu humanista, talento académico, industria potente y visión compartida.
La DARPA europea no es un lujo. Es un instrumento estratégico de supervivencia y transformación. Es la llave para que Europa pueda escribir su futuro con voz propia, y no vivirlo como una nota a pie de página en un mundo dominado por otros.
Sergi Marcén. Experto en Transformación Digital y Políticas Publicas Digitales.



Deixa un comentari