Sergi Marcén i López

Que la tecnologia ens faci lliures i no dependens d'ella. /// Que la tecnologia nos haga libres y no dependientes de ella. /// Technology should set us free, not make us dependent.

No es tecnologia, es nuestro futuro.

Hoy recordaba una de mis primeras intervenciones públicas como secretario de Telecomunicaciones y Transformación Digital de la Generalitat de Catalunya, en la que hablaba del impacto que tendría la inteligencia artificial sobre el empleo, sobre el mercado laboral y sobre el modelo educativo que teníamos —y seguimos teniendo—. Esa intervención tuvo lugar hace apenas cuatro años (dejo aquí el enlace al vídeo: https://www.youtube.com/watch?v=49rcOYniQc8).

La razón por la que la recordaba es sencilla: en estos cuatro años hemos vivido, a nivel social, cambios profundos y acelerados que afectan directamente a nuestro día a día, y muchas de las personas que los “sufren” no son plenamente conscientes de su alcance. Pero lo más preocupante es que tampoco parecen serlo —o al menos eso indican sus decisiones— muchos responsables políticos que hoy están legislando sobre esta realidad.

Desde aquella intervención en Barcelona, la tecnología ha avanzado de forma exponencial. En 2022, la inteligencia artificial dejó de ser una tecnología invisible —de la que hablábamos en términos de algoritmos o robots— para convertirse en una experiencia directa para millones de personas. Aparecieron herramientas como ChatGPT o DALL·E, capaces de generar textos e imágenes, y se produjo una democratización sin precedentes en el acceso a la IA. Millones de personas comenzaron a utilizarla, experimentar con ella y, sin saberlo, contribuir a su mejora. Surgieron textos, artículos, memes, arte generado por IA… una explosión creativa y tecnológica nunca vista.

En 2023, la adopción fue masiva. Probablemente no exista ningún precedente comparable en la historia de la tecnología. Para entenderlo: el telégrafo y el teléfono fijo tardaron alrededor de 20 años en alcanzar un millón de usuarios; el ordenador personal, unos 6 años; el teléfono móvil, unos 4. En cambio, la inteligencia artificial generativa necesitó apenas 5 días. Nunca antes una tecnología con capacidad de alterar el trabajo, el conocimiento y la democracia se había adoptado a esta velocidad. Mientras que el telégrafo necesitó décadas para transformar el poder, la inteligencia artificial lo está reconfigurando en semanas.

En 2024 se produjo otro salto cualitativo: la IA dejó de ser una herramienta para convertirse en infraestructura. Aparecieron modelos multimodales capaces de integrar texto, voz, imagen y vídeo; surgieron agentes capaces de ejecutar tareas completas; y las empresas comenzaron a automatizar procesos enteros y a incorporar sistemas de decisión asistida. Fue un cambio estructural: la inteligencia artificial pasó a formar parte de la arquitectura productiva y organizativa.

En 2025 y 2026 entramos en una nueva fase: la IA deja de ser solo una tecnología para convertirse en una cuestión de poder, democracia y gobernanza. Comienzan a aparecer las primeras regulaciones —tardías, pero necesarias—, y se hace evidente su impacto en el empleo: se destruyen trabajos tradicionales mientras se crean otros nuevos, generando tensiones profundas.

Los datos de los principales organismos internacionales son claros. Instituciones como el World Economic Forum, el International Monetary Fund, la OECD, el McKinsey Global Institute o Goldman Sachs coinciden en señalar que la IA está provocando una transformación masiva del empleo. El World Economic Forum estima que hasta 85 millones de puestos de trabajo podrían desaparecer por automatización. McKinsey advierte que hasta el 30% de los empleos actuales podrían automatizarse en 2030 y que el 60% se transformarán profundamente. El Fondo Monetario Internacional señala que el 40% del empleo global está expuesto a la IA, cifra que alcanza el 60% en economías avanzadas. La OECD sitúa en torno al 27% los empleos potencialmente automatizables, mientras que Goldman Sachs eleva el impacto potencial a 300 millones de empleos a nivel global.

El consenso es claro: la destrucción de empleo es real, pero no es uniforme. Afecta especialmente a tareas rutinarias, a trabajos administrativos y a las clases medias y bajas. No se trata solo de eliminar empleos, sino de desplazar a millones de personas hacia nuevas ocupaciones, muchas veces sin garantías de transición justa. El riesgo, por tanto, no es únicamente económico, sino profundamente social y político.

En paralelo, hemos descubierto —o muchos han descubierto— que la IA no es neutra. Tiene sesgos, puede generar desinformación y plantea un problema estructural que durante años ha pasado desapercibido: la soberanía digital. Aquellos que llevamos tiempo trabajando en este ámbito lo veníamos advirtiendo, pero sin demasiado eco.

Y hay un elemento aún más crítico: la concentración de poder. Las herramientas, y por tanto el conocimiento, están en manos de un número muy reducido de grandes empresas tecnológicas. Esto ha generado una acumulación de riqueza sin precedentes. Según informes del entorno de Davos, el 1% de la población concentra una parte desproporcionada del poder económico global, y una parte significativa de ese poder está vinculada a la economía digital.

En apenas cuatro años, la inteligencia artificial y la computación en la nube han dejado de ser herramientas para convertirse en una infraestructura invisible que organiza el conocimiento, el trabajo y, cada vez más, el poder. No estamos ante una simple revolución tecnológica. Estamos ante una redistribución del poder en tiempo real.

¿Y qué estamos haciendo para responder a este cambio? En Europa, por ahora, demasiado poco. Seguimos con un modelo educativo en gran medida obsoleto, diseñado para una economía industrial que ya no existe. Un modelo que ha evolucionado lentamente, pero que no está preparado para el impacto de la inteligencia artificial.

La educación necesita un cambio radical. No puede limitarse a adaptarse a nuevas herramientas: debe redefinir su propósito. Si la IA ya escribe, analiza, programa y decide, la pregunta ya no es qué enseñar, sino para qué educar. Y la respuesta debería ser clara: educar para no ser dominados por sistemas que no comprendemos ni controlamos. La educación del siglo XXI no consiste en competir con la inteligencia artificial, sino en aprender a gobernarla.

Y gobernarla no significa simplemente saber utilizarla, sino hacerlo desde valores humanos. Porque la pregunta fundamental es esta: ¿bajo qué valores queremos que opere un poder capaz de decidir, clasificar, predecir y actuar?

La inteligencia artificial debe regirse por un marco sólido de valores. La dignidad humana debe ser el principio rector, garantizando que la tecnología esté siempre al servicio de las personas. La justicia y la equidad deben evitar que los algoritmos reproduzcan desigualdades. El principio de no-dominación, propio de la tradición republicana, debe impedir que la IA se convierta en un poder opaco e incontrolado. La transparencia y la explicabilidad deben permitir comprender y cuestionar sus decisiones. La responsabilidad debe estar claramente definida. El bien común debe prevalecer sobre el beneficio privado. Y la autonomía individual debe ser protegida frente a cualquier forma de manipulación.

En conjunto, estos valores no son solo un marco ético. Son una verdadera arquitectura política para gobernar la inteligencia artificial en sociedades democráticas.

Pero me viene a la cabeza una ultima pregunta. ¿esta nuestra sociedad preparada para defender esos valores? Espero que si, sino nuestras hijas e hijos nos preguntaran algún día, porque no hicimos algo para revertir esta situación.

Sergi Marcén López

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