Sergi Marcén i López

Que la tecnologia ens faci lliures i no dependens d'ella. /// Que la tecnologia nos haga libres y no dependientes de ella. /// Technology should set us free, not make us dependent.

La revolución silenciosa que puede transformar la administración pública

Durante años, la transformación digital de las administraciones se ha explicado con palabras grandilocuentes: modernización, digitalización, automatización o eficiencia. Pero para miles de trabajadores públicos, la realidad cotidiana sigue siendo mucho menos épica. Pantallas infinitas, formularios rígidos, campos obligatorios y horas dedicadas a introducir datos en sistemas pensados más para la máquina que para las personas.

La burocracia digital se ha convertido, paradójicamente, en una nueva forma de desgaste laboral y, en consecuencia, ha generado una sensación mayoritaria de que la administración no funciona.

Y ahora, por primera vez, empieza a emerger una idea que podría cambiar completamente la relación entre humanos y tecnología dentro de las instituciones públicas. La propuesta consiste en utilizar la inteligencia artificial no solo para automatizar procesos, sino para eliminar fricción cognitiva, proteger el bienestar y la autonomía de las personas y adaptar los sistemas administrativos al funcionamiento natural del cerebro humano, situando el respeto por el ser humano en el centro de la transformación digital.

La idea parece simple, pero es profundamente disruptiva.

En lugar de obligar a los trabajadores a rellenar interminables formularios manuales, la IA podría convertirse en una especie de copiloto cognitivo capaz de interpretar reuniones, leer documentos, resumir correos electrónicos y sugerir automáticamente la información relevante para que sea validada por la persona.

Es un cambio sutil pero enorme. Significa pasar de una administración basada en introducir datos a una administración basada en validar conocimiento.

Este nuevo paradigma llega en un momento especialmente delicado. Las administraciones públicas europeas afrontan simultáneamente un aumento constante de la complejidad normativa, el envejecimiento de las plantillas, la sobrecarga burocrática y una creciente presión ciudadana para ofrecer servicios más ágiles y eficientes. Al mismo tiempo, muchas organizaciones públicas tienen dificultades para retener talento y evitar la desmotivación interna.

Desde hace años, numerosos trabajadores públicos denuncian que una parte importante de su tiempo no se dedica a pensar, decidir o atender personas, sino a alimentar sistemas digitales extraordinariamente pesados.

Es aquí donde entran en juego la neurociencia y la inteligencia artificial.

Los estudios más recientes sobre comportamiento digital muestran que el cerebro humano no está preparado para soportar durante horas tareas repetitivas sin recompensa inmediata. Este tipo de trabajo consume energía cognitiva, genera resistencia psicológica y aumenta la probabilidad de error. Cuando la tecnología obliga constantemente a repetir acciones mecánicas, el cerebro interpreta la tarea como una carga sin sentido.

Mientras tanto, las grandes plataformas digitales llevan años investigando exactamente lo contrario. Las redes sociales, las plataformas audiovisuales o las aplicaciones de aprendizaje han perfeccionado sistemas capaces de captar atención, reducir fricción y generar una sensación constante de progreso. Lo hacen mediante mecanismos de feedback inmediato, anticipación, microrecompensas y reducción del esfuerzo cognitivo.

Ahora, algunos expertos proponemos trasladar parte de ese conocimiento, de manera ética y responsable, al mundo de la administración pública.

No se trata de convertir el trabajo público en un videojuego ni de generar dependencia psicológica. El objetivo es mucho más profundo: reducir estrés, aumentar autonomía y hacer que la tecnología deje de ser percibida como una barrera burocrática. La tecnología es buena si se desarrolla para utilizarse con responsabilidad y respetando al ser humano y a la sociedad.

La idea es que los sistemas digitales se conviertan en asistentes inteligentes que acompañen a la persona durante su jornada laboral, anticipando necesidades, sugiriendo información y simplificando procesos. El trabajador deja de ser un simple introductor de datos y pasa a actuar como un supervisor experto que valida y aporta criterio.

La gran novedad es que esta aproximación no habla solo de eficiencia tecnológica. También habla de salud cognitiva, motivación y calidad democrática. Porque la transformación digital no es únicamente una cuestión de software. Es, sobre todo, una cuestión de relación humana con la tecnología.

Los impulsores de este modelo sostenemos que el futuro de la administración no pasa por sustituir personas, sino por liberarlas de las tareas de menor valor para que puedan dedicar más tiempo a analizar, empatizar, coordinar, escuchar, decidir e innovar.

En otras palabras: menos burocracia mecánica y más inteligencia humana.

El potencial es enorme. Un sistema de este tipo podría reducir drásticamente el tiempo dedicado a la introducción manual de información, disminuir errores, mejorar la calidad de los datos y aumentar la satisfacción laboral de los trabajadores públicos y, en consecuencia, mejorar la percepción de la administración pública por parte de la ciudadanía.

Pero también abre interrogantes importantes.

¿Quién controla estas IA? ¿Cómo se protege la privacidad? ¿Cómo se evita una dependencia excesiva de los algoritmos? ¿Qué papel mantendrá la supervisión humana?

Europa intenta precisamente posicionarse ante estos dilemas con un modelo propio de inteligencia artificial más transparente, más auditable y más garantista. En este contexto, la posibilidad de construir asistentes públicos basados en IA responsable podría convertirse en una de las grandes oportunidades estratégicas de los próximos años.

No es solo una innovación tecnológica. Es una nueva forma de entender la administración pública. Más humana. Más inteligente. Y, sobre todo, menos hostil para las personas que la sostienen cada día.

Sergi Marcén i López

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