Sergi Marcén i López

Que la tecnologia ens faci lliures i no dependens d'ella. /// Que la tecnologia nos haga libres y no dependientes de ella. /// Technology should set us free, not make us dependent.

Los robots ya entran en la habitación

La tecnología no está entrando en nuestras vidas haciendo ruido. Llega en silencio. Primero parece una curiosidad de laboratorio, algo muy “friki”; después, una demostración viral en internet, provocando risas y alimentando esas conversaciones que suelen llamarse de “cuñado”. Y cuando nos damos cuenta, aquello que parecía imposible y lejano ya ha comenzado a sustituir a personas reales. Y entonces, cuando ya es demasiado tarde, algunos descubren que tenemos un problema social de dimensiones descomunales.

Porque muchos han visto, y creen seguir viviendo en esa realidad, que durante décadas existió una frontera que las máquinas no podían cruzar. Los robots sabían fabricar coches, ordenar piezas o repetir movimientos exactos dentro de una fábrica. Pero el mundo humano era demasiado desordenado. Demasiado imprevisible. Una simple habitación de hotel, por ejemplo, representaba un caos imposible para una máquina: sábanas arrugadas, cojines desplazados, toallas húmedas, objetos fuera de lugar… Hacer una cama parecía una de las últimas tareas profundamente humanas. Pero esa frontera también está cayendo. Y mucho más rápido de lo que muchos todavía hoy imaginan.

La nueva generación de robots humanoides ya no solo ejecuta órdenes: observa, interpreta y decide. Aprende mientras actúa. Corrige errores. Se adapta. Hoy, algunos modelos ya pueden limpiar habitaciones o hacer camas reaccionando a cada movimiento de la tela como lo haría una persona. El problema de la robótica nunca había sido la fuerza mecánica. Era la capacidad de entender el mundo real. Y eso es precisamente lo que la inteligencia artificial está empezando a resolver.

Todavía no es barato. Todavía no es masivo. Pero todas las grandes revoluciones tecnológicas comenzaron así. Los primeros ordenadores eran inaccesibles. Los primeros móviles, un lujo. Las primeras placas solares, inviables. Después llegaron las economías de escala, la producción masiva y la caída de los costes. Y lo que parecía excepcional se convirtió en inevitable y cotidiano. Con los robots ocurrirá exactamente lo mismo.

Los expertos calculan que, en menos de media década, es decir, en no más de cinco años, un hotel podrá reducir drásticamente sus costes de mantenimiento gracias a la robótica. Cuando eso ocurra, la competencia obligará al resto a seguir el mismo camino. Es ley de mercado: de lo contrario, la competencia los arrasará. No porque quieran, sino porque no tendrán alternativa. El mercado no espera a nadie.

Y detrás de esta transformación hay personas.

En España se calcula, según los datos que he podido encontrar, que hay entre 90.000 y 120.000 personas trabajando en los departamentos de limpieza de los hoteles. En Cataluña, entre 15.000 y 25.000 personas. De hecho, Cataluña es una de las principales potencias turísticas de la península ibérica, con cientos de miles de plazas turísticas y una enorme dependencia laboral del sector servicios y de la hostelería.

Muchas son mujeres de entre cuarenta y cincuenta y cinco años. Mujeres con la espalda castigada después de años levantando colchones, arrastrando carros y limpiando habitaciones a contrarreloj. Mujeres invisibles para la mayoría de los clientes, pero imprescindibles para que todo funcione. Las conocemos como las “kellys”.

Muchas sostienen solas una familia. Muchas son trabajadoras inmigrantes. Muchas acumulan lesiones físicas crónicas y tienen pocas oportunidades laborales alternativas debido a sus bajos niveles de cualificación formal reconocida. Y ahora algunos observamos, con una mezcla de miedo e incredulidad ante la inacción social y política, cómo la tecnología empieza a acercarse precisamente a su espacio de supervivencia.

El debate sobre la inteligencia artificial suele hacerse desde la frialdad de los números, los gráficos, la tecnología aplicada, la posible regulación y los discursos futuristas. Pero detrás de cada porcentaje y de cada bit habrá una persona preocupándose por si dentro de cinco años su trabajo seguirá existiendo. Ese es el verdadero centro del problema. No es solo la tecnología. Es la velocidad. Es un gran problema social.

Las grandes reconversiones industriales del pasado dieron tiempo, con todas sus heridas, a crear prejubilaciones, planes de reindustrialización o nuevos itinerarios laborales. Esta vez, todo apunta a que el cambio llegará mucho más rápido de lo que las instituciones son capaces de asumir. Y mientras los robots aprenden cada semana, cada día, cada minuto y cada segundo, la política sigue avanzando con herramientas, ideas y planteamientos del siglo pasado, en una época en la que la velocidad de los cambios siempre fue mucho más lenta y nunca hubo que competir contra una inteligencia capaz de igualar o superar a la humana.

Los programas de formación llegan tarde; de hecho, no existen. Las ayudas sociales no están pensadas para una sustitución masiva provocada por la tecnología. Los costes que esto generará para las instituciones harán que los presupuestos no cuadren. Y nadie parece estar preparando una respuesta real para todas aquellas personas que podrían quedar atrapadas entre dos realidades: demasiado jóvenes para jubilarse y demasiado mayores para empezar de cero.

Y este no es solo un problema del sector de las “kellys”. Es, y será durante los próximos años, un problema que afectará a muchas profesiones repetitivas y especializadas, especialmente aquellas basadas en procesos mecánicos, rutinarios y fácilmente automatizables.

Uno de los sectores más expuestos es el de la logística y los almacenes, donde muchas tareas ya están empezando a ser asumidas por sistemas automatizados y robots: preparación de pedidos, clasificación de paquetes, carga y descarga, inventariado o conducción interna de mercancías dentro de los centros logísticos.

La industria alimentaria también se encuentra en plena transformación. Tareas como el empaquetado, la clasificación de productos, el corte y procesamiento, la inspección visual de calidad o la manipulación en líneas de producción son cada vez más susceptibles de ser automatizadas gracias a la combinación de robótica e inteligencia artificial.

El sector sanitario auxiliar y de cuidados básicos tampoco quedará al margen de este proceso. Ámbitos como el transporte de medicación, la limpieza hospitalaria, la asistencia logística o el monitoreo básico de pacientes ya comienzan a incorporar tecnologías capaces de sustituir parcialmente algunas funciones humanas.

También el sector agrícola está experimentando una aceleración tecnológica sin precedentes. La recolección robotizada, los sistemas inteligentes de detección de plagas o los tractores autónomos son solo algunos ejemplos de una automatización que transformará profundamente el trabajo en el campo durante la próxima década.

Quizá lo más inquietante no sea imaginar hoteles o industrias gestionados por máquinas y robots. Quizá lo más inquietante sea pensar qué pasará con las personas a las que nadie mirará cuando eso ocurra.

Sergi Marcén i López

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