Sergi Marcén i López

Que la tecnologia ens faci lliures i no dependens d'ella. /// Que la tecnologia nos haga libres y no dependientes de ella. /// Technology should set us free, not make us dependent.

La inteligencia artificial pondrá a prueba el modelo de sociedad

Durante años se imaginó que la revolución tecnológica afectaría sobre todo a las fábricas, a las cadenas de montaje o a los trabajos manuales repetitivos. Se pensaba que los robots sustituirían brazos, pero no cerebros. Nos equivocamos.

La inteligencia artificial ha llegado primero a los ordenadores, a los despachos, a los departamentos administrativos, a los centros de atención al cliente, a los medios de comunicación, a las asesorías, a los bancos e incluso a profesiones que parecían intocables. Y lo está haciendo a una velocidad sin precedentes en la historia económica moderna.

No estamos ante una innovación más. Estamos ante un cambio estructural que transformará profundamente el mercado laboral, la productividad y, probablemente, la propia idea de trabajo tal y como la hemos entendido hasta ahora.

El problema es que el debate público sigue anclado en el corto plazo. Hablamos mucho de las oportunidades de la IA, de las inversiones millonarias o de la carrera tecnológica global, pero demasiado poco de las personas que quedarán atrapadas en medio de esta transformación.

Porque sí, la IA generará riqueza. Mucha. Pero también expulsará a miles de personas de sus empleos actuales.

Y no hablamos solo de trabajadores poco cualificados. Esta vez el terremoto afectará especialmente a las clases medias administrativas y profesionales. Personas que hace veinte años estudiaron una carrera convencidas de que tendrían un empleo estable hasta la jubilación. Administrativos, contables, analistas, trabajadores de banca, operadores de atención telefónica, redactores, traductores, técnicos documentales, perfiles jurídicos junior o trabajadores vinculados a procesos repetitivos de gestión verán cómo una parte importante de sus funciones puede automatizarse en cuestión de segundos.

Y esto no ocurrirá dentro de veinte años. Ya está ocurriendo.

Muchas empresas todavía no han despedido masivamente porque se encuentran en fase de adaptación, pero la tendencia es evidente. Cuando una herramienta puede hacer en treinta segundos una tarea que antes requería horas de trabajo humano, el modelo económico acaba cambiando inevitablemente.

La historia nos enseña que todas las revoluciones tecnológicas crean nuevas oportunidades. Es cierto. Pero también nos enseña otra cosa: las sociedades que no preparan la transición acaban generando desigualdad, frustración y conflicto social. Ese es el verdadero riesgo. No es la tecnología. Es la falta de planificación política y la poca visión de un gran impacto social que nos afectará a todos. Porque, digámoslo claramente, la solución no es fácil y el problema es demasiado grande.

Cataluña, Europa y buena parte del mundo occidental continúan afrontando esta revolución como si fuera solo una cuestión empresarial o tecnológica, cuando en realidad es uno de los grandes retos sociales y democráticos del siglo XXI.

Porque detrás de cada gráfico de productividad hay personas reales. Hay trabajadores de cincuenta años que probablemente tendrán que reinventarse después de décadas haciendo el mismo trabajo. Hay jóvenes que estudian profesiones que quizá cambiarán radicalmente antes incluso de terminar la carrera. Hay familias que pueden sentir que el futuro se les escapa de las manos.

Y cuando una sociedad pierde la sensación de estabilidad, aparecen el miedo, la rabia y la polarización.

Por eso es urgente empezar a construir un gran Plan de Reconversión Laboral y Adaptación al Mundo de la Inteligencia Artificial. No como una medida defensiva, sino como una estrategia de país y de continente.

Necesitamos entender que la formación ya no será una etapa concreta de la vida. Será permanente. Las personas tendrán que reciclarse varias veces a lo largo de su trayectoria profesional. Y eso obliga a transformar completamente las políticas públicas de empleo, universidades y formación profesional.

No podemos limitarnos a pagar subsidios mientras desaparecen sectores enteros. Eso sería económicamente insostenible y socialmente destructivo. Lo que hace falta es convertir el talento afectado en nuevo capital productivo.

La buena noticia es que también aparecerán enormes nuevas necesidades de trabajadores. La transición energética, la industria tecnológica europea, la ciberseguridad, la salud digital, la robotización industrial, la computación avanzada o la economía de los cuidados requerirán miles de profesionales. Pero esos puestos de trabajo no se cubrirán solos. Necesitan planificación, anticipación y una apuesta decidida por la recualificación.

Aquí es donde los gobiernos marcarán la diferencia entre sociedades cohesionadas o sociedades fracturadas.

Los países que liderarán el futuro no serán necesariamente los que tengan la mejor IA. Serán los que sean capaces de gestionar mejor el impacto humano de la IA. Y eso exige valentía política.

Porque es mucho más fácil inaugurar un hub tecnológico que explicar honestamente a la población que millones de empleos cambiarán radicalmente. Es más cómodo hablar de innovación que afrontar las angustias de una parte de la sociedad que siente que puede quedarse atrás. Pero ignorar el problema no hará que desaparezca.

La inteligencia artificial puede ser una extraordinaria oportunidad para aumentar la productividad, reducir trabajos alienantes y generar más prosperidad. Pero solo funcionará si los beneficios de esta revolución se transforman también en estabilidad social, oportunidades y esperanza colectiva.

Porque una sociedad no se mide solo por su capacidad tecnológica. También se mide por cómo protege y acompaña a las personas cuando el mundo cambia demasiado deprisa.

Sergi Marcén i López

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